Hay ocasiones en las que una valla deja de ser un elemento de protección para convertirse en el símbolo de un fracaso administrativo. El paseo que rodea el Parador Nacional de Ronda y conduce hasta el Puente Nuevo lleva cerca de dos años cerrado. Lo que en su día pudo justificarse como una medida de seguridad hoy se ha transformado en la evidencia de un problema mucho mayor: la incapacidad de las administraciones para ofrecer soluciones en un tiempo razonable.
Nadie discute que la seguridad deba prevalecer sobre cualquier otra consideración. Si existe riesgo de desprendimientos, el acceso debe permanecer clausurado. Lo que sí resulta discutible es que, transcurridos casi dos años, los ciudadanos sigan sin conocer con claridad cuál es el estado del proyecto, qué actuaciones se han realizado, quién asume la responsabilidad de la intervención y, sobre todo, cuándo podrán volver a disfrutar de un espacio que pertenece al patrimonio colectivo de los rondeños.
Una administración puede equivocarse. Lo que no puede permitirse es instalarse en la inercia. Porque la ausencia de explicaciones también es una forma de gestión. Y cuando el silencio se prolonga durante meses, acaba alimentando la desconfianza ciudadana mucho más que cualquier problema técnico.

Las protestas que se multiplican en las redes sociales no son fruto únicamente de la incomodidad de encontrar un paseo cerrado. Son la expresión de una sensación cada vez más extendida: la de que los problemas importantes de la ciudad se eternizan sin que exista una estrategia visible para resolverlos. Esa percepción, acertada o no, termina erosionando la credibilidad de las instituciones.
Vídeo del 1 de octubre de 2024, el presidente de la Federación de asociaciones Vecinales de Ronda intervino en el pleno municipal para pedir explicaciones sobre el paseo de la Cornisa del Parador
El caso del paseo del Parador trasciende además el ámbito local. Estamos hablando de uno de los enclaves más emblemáticos de Ronda, un recorrido que miles de visitantes buscan cada año para contemplar el Tajo y el Puente Nuevo. La imagen que proyecta una ciudad que mantiene clausurado durante tanto tiempo uno de sus espacios más representativos no es la de un municipio que protege su patrimonio, sino la de una administración incapaz de recuperarlo para el uso público.
En este punto ya no basta con apelar a informes técnicos, competencias compartidas o trámites administrativos. Si existen obstáculos, deben explicarse. Si hay un proyecto, debe hacerse público. Si hay financiación comprometida, debe conocerse. Y si no la hay, también. La transparencia no consiste únicamente en publicar documentos; consiste en responder a las preguntas que los ciudadanos llevan demasiado tiempo formulando.
El Ayuntamiento tiene la obligación de liderar esa respuesta. Gobernar implica asumir responsabilidades, coordinar a las administraciones implicadas y mantener informada a la ciudadanía. Cuando un problema afecta a un espacio público de esta relevancia, la peor decisión posible es dejar que el tiempo haga el trabajo de la política.
Ronda no puede resignarse a normalizar el cierre indefinido de sus espacios públicos más valiosos. Hoy es el paseo del Parador. Mañana puede ser cualquier otro rincón de una ciudad cuyo patrimonio constituye su principal riqueza. La conservación del legado histórico exige inversiones, planificación y capacidad de gestión, pero también voluntad política para convertir las prioridades en hechos y no en declaraciones.
Los rondeños no reclaman milagros. Reclaman algo mucho más sencillo: información, transparencia y una fecha. Quieren saber qué ocurre, quién debe actuar y cuándo terminará una situación que nunca debió prolongarse tanto.
Porque las ciudades no solo se deterioran cuando se desprenden unas losas. También se deterioran cuando sus instituciones permiten que la provisionalidad se convierta en costumbre y el silencio sustituya a las explicaciones. Y ese es un lujo que Ronda no puede permitirse.

Esta imagen muestra la incoherencia de paso público cerrado. Los usuarios del Parador están utilizando la piscina sin casco y sin ninguna medida cautelar; por lo tanto, no tiene ningún sentido que el paseo esté cerrado, por lo menos hasta el final del contorno de la piscina. Estamos ante una tomadura de pelo a los rondeños, a saber: a los se encuentran debajo de lo que se puede caer, (en la piscina) están sin nada y a los que quieren pasear por el paseo (a veinte metros), se les prohíbe el paso.





